Al principio uno se fascina con los países "desarrollados", las cosas funcionan, las ciudades son hermosas, la gente tiene derechos (si no son inmigrantes no deseados), hay libros sobre los temas que a una se le ocurran, no andas tan perseguida de que te asaltaen, etc. Pero después de un tiempo, viene el desencanto necesario y casi obligatorio.
Las cosas en realidad no funcionan tan bien. Por ejemplo, en París me pasó 2 veces que las puertas del metro no se abrieron y tuve que volver a hacer la cola de la boletería para que me cambiaran el ticket. Y ahí a uno le sale el patriotismo y dice "esto en el metro de Santiago sí que no pasa!", y hasta se te olvida todo el "Asunto Transantiago".
La gente no es tan honesta ni tan poco corrupta como uno cree. Entonces a uno le cae la teja de dónde fue que sacó el Jumbo y Falabella la estrategia de ponerte un precio y cobrarte otro cuando llegas a la caja.
La ineficiencia en el trabajo es impresionante, y se estresan porque trabajan 35 horas a la semana en "condiciones inhumanas". Ahí uno rercuerda con cariño entrañable a la trabajadora esforzada del mall, que trabaja 6 días a la semana, en turnos horribles y de pie, por menos de 200 lucas (300 euros) y que finalmente te encuentra la talla del pantalón que andabas buscando.
La gente acá es muy amable, realmente. Pero tienen el hábito adquirido de quejarse, como si fuese deporte nacional, y viven criticando la vida "miserable" que llevan en un sistema que los oprime diariamente. Si esto es opresión, entonces yo no sé cómo describir la vida en Chile.
Las mujeres jóvenes son hermosas, pero después literlamente desaparecen. ¿Qué pasa con ellas? ¿Donde se van?. ¿Son ellas realmente la juventud de las viejas arpías que ve una en la calle, esas con los labios arrugados y con la amargura incrustada en la cara?.
"Quejarse tanto hace mal" debería poner L'Oreal en sus productos, igual como han hecho con las cajetillas de cigarros.
jueves, febrero 07, 2008
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